Desde muy niña he tenido una fantasía recurrente, una suerte
de realismo mágico, ese género que
tanto me gusta, y que se hace
realidad: recibir un mensaje en una
botella en el mar. Os reiríais si os detallo cuántas horas he pasado en la
orilla mirando fijamente las olas, por si traían consigo algo para mí contenido
en paredes de vidrio. No sé cómo interpretarlo. No sé si me influyó demasiado
aquel capítulo de “Verano azul” en el que Bea recibía una, si se trata de una
metáfora de que espero algo que nunca llega o, simplemente, que lanzar al
océano un mensaje enrollado dentro de una botella me parece uno de los gestos más románticos que jamás hayan
existido. Románticos doblemente: quien las lanza, arroja con ellas su
esperanza, su ilusión. Quien las recibe tras el remolino de las aguas, abre con
ellas la magia, la sorpresa, la imaginación.
Puede ser el mensaje desesperado de un náufrago. De un
enamorado con el corazón roto; o de una enamorada agradecida. También de
alguien que cuenta un secreto inconfesable. O simplemente de una persona que
sabe que nadie leerá su escrito pero lo lanza al mundo como un mudo que grita.
En un acto voluntario de resignación.

Yo nunca he lanzado una al mar. A mi ahora marido le pedí
matrimonio dejando una flotando en la
bañera, porque en Triana no hay océano, vaya. Pero un día lo haré, estoy
convencida. Cuando sea una octogenaria sabia, escribiré las claves de la felicidad en un papel. Pondré que el
amor a los demás es lo más importante. Que a nadie le engañen con las promesas
que ofrecen las cosas que se compran. Pondré que un amigo de verdad es para
siempre. Que el tiempo hay que exprimirlo, no dejarlo pasar. Que hay que
enfadarse menos. Que un abrazo fuerte es lo más bonito del mundo. Pondré todas
esas cosas para que quien lo lea en un futuro, una niña como yo lo era descalza
en la arena y con la mirada perdida en el gigante azul, tenga un ápice de esperanza.
Quién sabe. Quizás pasamos la vida buscando y tirando
mensajes en una botella.
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